Por muy Rey que sea uno, al fin y al cabo es persona.
Permtanme un ejercicio de vulgaridad y que repase las mentiras a las que me enfrento día a día. Los otros reyes y los políticos no cuentan. Entre bomberos no nos vamos a pisar la manguera.
El primero que me miente cada día soy yo mismo. No me creo nada de lo que me digo, y en secreto me hago cortes de mangas que rubrican mi desconfianza. ¿Que eres un rey y padre ejemplar? ¿Que hoy pareces más joven y menos calvo? !Anda ya, Juan Carlos! Que nos conocemos…
Luego depende al familiar con quien hable primero, pero sea quien sea ya sé lo que me va a decir, y eso es una señal inequívoca de que será una mentira. Si fueran sinceros no me dirían siempre lo mismo, porque uno no es siempre el mismo, y por tanto no serían tan previsibles. Somos una maravillosa familia de mentirosos coronados, una estirpe centenaria de troleros que ha perfeccionado tanto su método que a veces nos creemos a nosotros mismos.
Mis empleados. Todos unos falsos. Lo más bonito que deben pensar de mí es que soy un hijoputa con suerte que está ahí de chiripa, y que muy bien podrían ser ellos los que estuvieran desayunando como reyes y yo haciendo de mayordomo.
Luego, a lo largo del día, visito o me visitan una serie de mentirosos que me informan con datos falsos sobre asuntos que probablemente se han inventado o no son como me cuentan. Si quisiera, que no quiero, escapar de este círculo vicioso de mentiras y tratase de informamrme con la prensa o la tele la cosa no mejoraría. Que alguien levante la mano y me diga un medio que dé las noticias de manera absolutamente fidedigna, sin manipular, juzgar ni tergiversar. ¿Nadie? Gracias.
Cae la noche y mientras me afeito para despertarme al día siguiente ya rasurado (tengo un cutis atroz) me pregunto si el espejo no será también otro mentiroso y me devolverá una imagen falsa. Es que resulta que a lo mejor soy una tía o un oso panda y nunca lo sabré, pienso.
Odio a los sinceros porque no encajan en el mundo normal, el que entre todos hemos ido creado durante miles de años. Yo soy rey no porque sea rey, sino porque todos dicen que soy rey. El pocero lo es por la misma razón, etc. Si todos nos pusiéramos de acuerdo en que lo blanco es negro y viceversa, cambiaríamos los nombres de los colores y listo.
Pero yo soy rey. Pienso esto mientras caliento las sábanas crujientes con mi cuerpo orondo y me arropo hasta el papo recién afeitado. Soy rey, soy rey…
Anguita, yo también quisiera que se aboliera la monarquía. Pero es que no sé hacer otra cosa.





