Para un rey todos los días son laborables, siempre hay algo que hacer, un embajador que recibir, una entrevista con algún sindicalista (soy un rey popular, del pueblo), o con algún ex-presidente, que en España ya vamos teniendo unos cuentos, algún viaje al extranjero o a Melilla, que no es el extranjero.
Hay días que confundo los nombres, me suenan las caras pero no atino y se me va el santo al cielo. Con algunos me siento como esos reyes magos de pega que ponen en los grandes almacenes, escuchando por ejemplo a un secretario general de cualquier cosa o a un alcalde de vaya usted a saber qué pueblo, y no sé por qué, me parece que cuando hablan conmigo de repente se infantilizan, me sonríen de una manera un poco boba, a lo mejor porque esperan conseguir algo, o ya lo han conseguido, porque lo único que querían era hablar con el rey, o sea, conmigo. Y yo necesito descansar.
Como el alcohol fuerte me está mal, y además nunca se sabe cuándo va a ocurrir una desgracia y va uno a tener que coger el helicóptero para visitar la zona declarada catastrófica, me tengo que conformar con chutes de jamón ibérico, casi siempre regalo de algún socialistón de la Junta de Andalucía que no quiere descuidar la parte monárquica (aunque luego se vaya a Montejurra en mangas de camisa y salga sudado en las fotos abrazándose a un paisano) .
A veces he pensado tener unos perros para sentirme menos solo. Pero no creo que sea buena idea. Son demasiado obedientes.
Hay algunos, escasos días, en que me pongo enfermo de realeza y anulo todos los actos públicos, que en mi caso son todos. Entonces me quedo en casa, en bata, viendo películas malas y llamando por teléfono a mediodía a mis amigos golfos de Madrid para joderles el sueño. No me afeito y si por la tarde se presenta aquí la familia con los nietos, entonces ya sí que no son días laborables. Esos días son adorables.