Libertad Viernes, Dic 14 2007 

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Creo que todos buscamos lo mismo…

 

Hoy lo he hecho una vez más. Me he montado en el Ferrari F40, regalo de un rey amigo mío que ya murió, y me he lanzado a la autopista a ser el rey más rápido sobre la faz de la tierra.

Para mí la velocidad es libertad. Cuánto más rápido, más libre. Una vez un psicólogo me dijo que actuando así buscaba escapar de mí mismo. Yo le contesté que si debería pedir el traslado a Doñana, que allí cuidan muy bien a los linces como él.

Con cada kilómetro por hora que alcanzo se tensa un poco más el hilo invisible que me ata a lo que soy y a lo que debo ser. Pero yo sólo soy un rey que aprieta el acelerador con la mirada fija en un horizonte que no llega nunca, yo sólo quiero mandar en esta carretera, que me dejen vivir para siempre en este momento perfecto que es alcanzar los 275 por hora. No sé a dónde quiero llegar, pero sigo la brújula que es el marcador de velocidad y que siempre apunta al norte de los 300, de los 310…

Excepto por momentos así, ser rey es tan duro. De verdad.

 

A veces, harto de trajes azules, me pongo un chándal barato o unos vaqueros y camino en círculos por mi habitación, mirándome en los espejos. Me siento travestido, poco yo y por tanto libre.

 

Sería absurdo decir que no quiero ser rey. Con el tiempo, se ha convertido en la única forma de ser que concibo. No me imagino en otro avatar. Tal vez esté bien así y todo sea como debe ser.

 

Lo mejor es que no pago en la Feria del Libro. Eso, te lo digo como lo siento, no lo cambio por nada.

¿Quién es él? Martes, Dic 11 2007 

paisaje 

Volvía mi hijo de saludar con toda normalidad a un montón de gente y a alguna que otra gentuza, cuando no pude resistir la tentación de llamarle. Por teléfono, claro.

-Felipe.

-Bien, papá. Nada, un rollo pero agradable. La nueva presidenta no me gusta, aunque se nota que quiere gustar. Pero es que no le pillo el punto. Luego te cuento un chiste muy bueno que circula por Buenos Aires sobre Cristina. Vamos a pasar por un túnel.

Me gustó que no mencionase al Chavo del Ocho, porque eso quiere decir que la cosa está olvidada, tanto que a lo mejor nunca existió. Bueno, mejor simplemente olvidada, porque si nunca existió significa que alguna vez podría llegar a existir, y si ya fue es casi seguro que nunca volverá a ser.

Pero ya nadie me habla del incidente, y no porque les mande callar, claro, sino porque el tiempo va poniendo a cada uno en su sitio. De mí se seguirá hablando poco durante mucho tiempo, y de él se ha hablado mucho durante poco tiempo. Como debe ser. Muy pronto, si alguien le menciona o me pregunta por él, preguntaré con el más borbón de los despistes:

-¿Quién?

Hoy me he sentado en un balcón de Palacio, el único que está sin acristalar. El viento de la sierra mezclado con la contaminación de la carretera de La Coruña hacía que me escociese la cara recién afeitada. ME gusta el frío porque es higiénico, castellano y respetuoso. No altera las cosas, no sofoca las conciencias ni desmiente al calendario, como hace a veces el calor veraniego, tan plebeyo y promiscuo. El cielo morado de Madrid es ideal para pensar en uno mismo, así que me senté un rato a mirarme las manos, mis manos de rey. Tan llenas de poder y por eso tan vacías. ¿Echaba en falta algo?

¡Claro! ¡El chico al final no volvió a llamar y me quedé sin saber el chiste!