Volvía mi hijo de saludar con toda normalidad a un montón de gente y a alguna que otra gentuza, cuando no pude resistir la tentación de llamarle. Por teléfono, claro.
-Felipe.
-Bien, papá. Nada, un rollo pero agradable. La nueva presidenta no me gusta, aunque se nota que quiere gustar. Pero es que no le pillo el punto. Luego te cuento un chiste muy bueno que circula por Buenos Aires sobre Cristina. Vamos a pasar por un túnel.
Me gustó que no mencionase al Chavo del Ocho, porque eso quiere decir que la cosa está olvidada, tanto que a lo mejor nunca existió. Bueno, mejor simplemente olvidada, porque si nunca existió significa que alguna vez podría llegar a existir, y si ya fue es casi seguro que nunca volverá a ser.
Pero ya nadie me habla del incidente, y no porque les mande callar, claro, sino porque el tiempo va poniendo a cada uno en su sitio. De mí se seguirá hablando poco durante mucho tiempo, y de él se ha hablado mucho durante poco tiempo. Como debe ser. Muy pronto, si alguien le menciona o me pregunta por él, preguntaré con el más borbón de los despistes:
-¿Quién?
Hoy me he sentado en un balcón de Palacio, el único que está sin acristalar. El viento de la sierra mezclado con la contaminación de la carretera de La Coruña hacía que me escociese la cara recién afeitada. ME gusta el frío porque es higiénico, castellano y respetuoso. No altera las cosas, no sofoca las conciencias ni desmiente al calendario, como hace a veces el calor veraniego, tan plebeyo y promiscuo. El cielo morado de Madrid es ideal para pensar en uno mismo, así que me senté un rato a mirarme las manos, mis manos de rey. Tan llenas de poder y por eso tan vacías. ¿Echaba en falta algo?
¡Claro! ¡El chico al final no volvió a llamar y me quedé sin saber el chiste!