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Creo que todos buscamos lo mismo…

 

Hoy lo he hecho una vez más. Me he montado en el Ferrari F40, regalo de un rey amigo mío que ya murió, y me he lanzado a la autopista a ser el rey más rápido sobre la faz de la tierra.

Para mí la velocidad es libertad. Cuánto más rápido, más libre. Una vez un psicólogo me dijo que actuando así buscaba escapar de mí mismo. Yo le contesté que si debería pedir el traslado a Doñana, que allí cuidan muy bien a los linces como él.

Con cada kilómetro por hora que alcanzo se tensa un poco más el hilo invisible que me ata a lo que soy y a lo que debo ser. Pero yo sólo soy un rey que aprieta el acelerador con la mirada fija en un horizonte que no llega nunca, yo sólo quiero mandar en esta carretera, que me dejen vivir para siempre en este momento perfecto que es alcanzar los 275 por hora. No sé a dónde quiero llegar, pero sigo la brújula que es el marcador de velocidad y que siempre apunta al norte de los 300, de los 310…

Excepto por momentos así, ser rey es tan duro. De verdad.

 

A veces, harto de trajes azules, me pongo un chándal barato o unos vaqueros y camino en círculos por mi habitación, mirándome en los espejos. Me siento travestido, poco yo y por tanto libre.

 

Sería absurdo decir que no quiero ser rey. Con el tiempo, se ha convertido en la única forma de ser que concibo. No me imagino en otro avatar. Tal vez esté bien así y todo sea como debe ser.

 

Lo mejor es que no pago en la Feria del Libro. Eso, te lo digo como lo siento, no lo cambio por nada.