A mis brazos

A mis brazos

 

Querido amigo,

algunos se han enterado por la prensa de que seguimos siendo amigos. Peor para ellos.

Tú y yo sabemos que siempre seremos amigos, y que los amigos son los hermanos que uno elige a lo largo de la vida. Tú y yo sabemos tantas cosas.

En el jardín de tu casa, que es la mía como tantas veces me has dicho, no caben las memorias de un hombre enorme como tú, no hay sitio suficiente para tantos recuerdos y tantas vidas. Tacones, disparos, vampiros, centrales nucleares y paletos de Cádiz aprendiendo inglés. Siempre era apasionante abrirte la puerta de mi despacho y ver cómo abrías esa carpeta de cartón azul marca Centauro, apartabas las gomas elásticas que la mantenían cerradas y dentro estaba España.

Cuando a los borrachos ya no les cabe más vino en el cuerpo lo tienen que llorar, y supongo que cuando uno está ebrio de recuerdos tiene que soltar lastre de algún modo, y en esas estás.

No me gusta la foto que sacan hoy los periódicos, en la que salimos de espaldas, mirando fijamente con nuestros cogotes a los intrusos que nos escrutan buscando al rey con el loco. Prefiero ésta que te pongo, en blanco y negro, porque me parece que retrata mejor esos años salvajes que nos unieron tanto. En aquellos días las cosas eran blancas y negras, el gris y los grises ya no tenían sitio en esa cosa nueva que nos estaba naciendo en los despachos (incubadoras de la nueva España).

Si nos hubiésemos conocido de otra manera, sin coronas ni corbatas por medio, estoy seguro de que habríamos sido dos coñones del carajo, recalando en todos los clubs de la Nacional 3 y más golfos que Arturo Fernández.

Un día, sin que se entere la Sofi, te vengo a buscar con el Lamborghini y ya verás, Adolfo. Ya verás, amigo.