
A veces se me va la lengua (la española, quiero decir) y suelto algo en inglés sin querer.
Quería decir con el título que echo de menos mis días felices en Estoril (gracias, Paco, que descanses en paz), cuando vivía en una infancia irresponsable, luminosa e interminable mientras duró. Era la paz, idiota, la paz.
No recuerdo muchas cosas, lo cual quiere decir que era bastante feliz. No había periódicos ni periodistas que me hicieran sentir el príncipe que yo era, y fuera de casa nadie me llamaba majestad. Esto me daba un poco de rabia, pero bueno.
A cambio tenía chicas portuguesas, francesas, españolas bien… y sobre todo una italiana que luego me salió pedigüeña y lagartona pero con la que me entendía muy bien. A veces, al volver de la playa, jugábamos a tratarnos de majestad, porque pensábamos que nos íbamos a casar y que íbamos a reinar en España. En fin.
Durante todo el día he estado solo, deambulando por Palacio, y como afortunadamente la prensa empieza a estar aburrida de lo mío con el chavo del ocho, he tenido tiempo, como digo, para pensar, para recordar y para escribir esta entrada en el blog.
Por cierto, a ver si me escribe alguien, coño!
Ahí dejo otro taco para ver si alguien busca en google esa palabreja y se anima a comentarme. Joder ya.

